Kazova: la fábrica turca bajo el control de sus trabajadores

Publicado originalmente por Joris Leverink el 29 de mayo de 2014 http://roarmag.org/2014/05/kazova-istanbul-gezi-occupy/ bajo una licencia CopyLeft.
Traducción realizada por Traducciones Indignadas en mayo de 2015.

Con ocasión del primer aniversario del alzamiento de Gezi un pequeño grupo de trabajadores textiles está explorando una alternativa radical: ¡ocupar, resistir, producir!

Diren!Kazova “¡Kazova resiste!”, se puede leer en el cartel sobre una pequeña tienda y centro cultural del ajetreado barrio de Şişli. En el interior, el suelo está hecho de adoquines.  Esto hace que el visitante tenga la impresión de llegar a una especie de mercado cubierto. Escritos en las piedras, repartidos por la habitación, hay lemas como “¡Primero de Mayo!”, “¡Kazova Resiste!” y “¡Larga Vida a la Revolución!”. De los muros cuelgan bastidores llenos de jerséis, cientos de ellos. A primera vista parecen completamente normales. Hasta que descubres la historia que hay detrás de ellos. Entonces, de repente los jerséis se transforman en símbolos de resistencia, signos de desafío y de la esperanza materializada de una sociedad más igualitaria, de una economía más justa – sí, incluso de un mundo mejor.

La historia comienza hace alrededor de un año, en la última semana de enero de 2013. Por entonces, los jefes, Ümit y Umut Somuncu dieron una semana a los trabajadores para que se fueran de la fábrica textil de Kazova sin haber recibido sus salarios, excepto un pago por horas extras durante varios meses. Los hermanos Somuncu les dijeron que cuando volvieran a la fábrica una semana después recibirían los pagos atrasados, pero en lugar de eso se encontraron con el abogado de la empresa que les informó que los 95 trabajadores habían sido despedidos colectivamente debido a su “ausencia injustificada” de tres días consecutivos. Los jefes habían desaparecido de noche[1] y se llevaron consigo 100.000 jerséis, 40 toneladas de lana y todo que pudiera tener algún valor. Habían saboteado las máquinas que no pudieron llevarse consigo, dejando a los trabajadores con las manos vacías, sin sus salarios y sin sus medios de producción.

Algunos de los trabajadores habían pasado años, si no décadas, en la fábrica y ahora, de pronto, de un día para otro, se encontraron sin trabajo, sin ingresos y sin ningún derecho o posibilidad de llevar a sus jefes criminales ante la justicia. “En Turquía la ley no está diseñada en favor del trabajador”, declara Nihat Özbey, uno de los empleados de Kazova cuando hablo con él en su tienda. “Así que si no hubiera sido por el uso de la fuerza jamás habríamos conseguido lo que queríamos”.

Con esto en mente, los trabajadores hicieron la única cosa sensata que podían hacer: resistir. La resistencia empezó en forma de manifestaciones semanales desde la plaza central del barrio a la fábrica, pero tan pronto como se dieron cuenta de que en su ausencia los antiguos gestores de la fábrica seguían robando cualquier cosa de valor de la fábrica, los trabajadores decidieron ocupar su antiguo lugar de trabajo. “El 28 de abril desplegamos nuestra tienda de campaña frente a la fábrica”, cuenta[2] Bülent Ünal, trabajador de la fábrica. “De ahí en adelante nuestra resistencia se convirtió en una resistencia de tienda de campaña”.

Resistencia y solidaridad

En las semanas siguientes los trabajadores fueron atacados por matones a sueldo, acusados de robo por sus antiguos empleadores y gaseados con bombas lacrimógenas por la policía cuando celebraron una protesta el Primero de Mayo, pero nada de esto pudo romper con la determinación de luchar por lo que era, sin duda, suyo. El 30 de junio, alentados por el Levantamiento de Gezi[3] , los trabajadores dieron un paso adelante con el plan de ocupar la fábrica.

Primero intentaron vender las máquinas que aún quedaban en la fábrica, pero en seguida la policía se volvió a enfrentar a ellos. Cuando cuatro de sus compañeros fueron detenidos, los otros ocho trabajadores que formaban parte de la resistencia iniciaron una huelga de hambre para protestar contra ese proceder por parte de las autoridades, que les estaban tratando como criminales y a sus antiguos jefes, como víctimas. “El hecho de que el jefe que estaba robando nuestro trabajo y llevándose las máquinas, no era un crimen. Pero nosotros que intentábamos conseguir una fracción de lo que se nos debía, éramos criminales”, afirma Ünal[4]. “La policía llegó a la fábrica como respuesta a las quejas de los jefes […]. De nuevo volvieron a investigarnos, de nuevo nosotros volvimos a ser los acusados. Nadie le dijo ni una palabra a los jefes”.

Los trabajadores se dieron cuenta muy bien de que todo estaba en su contra y que la resistencia se toparía con violencia e intentos por parte del poder establecido con el fin de sabotear sus esfuerzos para llevar la fábrica de manera independiente. Sin embargo, inspirados y fortalecidos por las muestras de solidaridad que recibieron de sus vecinos y los compañeros de trabajo y camaradas a lo largo y ancho de la ciudad y el país, los trabajadores de Kazova decidieron reabrir la fábrica. Reanudaron la producción con la maquinaria antigua que sus jefes habían dejado atrás y las pocas materias primas que se habían encontrado mientras saqueaban la fábrica.

La primera tanda de jerséis que se produjeron bajo control de los trabajadores se envió a las mujeres e hijos de los prisioneros que les habían escrito cartas de apoyo durante su lucha. El resto se vendieron en la cafetería del Kolektif 26A[5] en Taksim y en los numerosos foros de Gezi[6] a lo largo de la ciudad, que habían comenzado a surgir tras el desalojo del Parque Gezi por las autoridades a mediados de junio. El dinero que se obtuvo mediante esas ventas se destinó a reparar las máquinas que sabotearon los jefes.

Con el fin de hacer más visible  esta lucha a la gente, los trabajadores también organizaron muchas asambleas públicas y en septiembre acogieron un auténtico desfile de moda[7] en el que multitud de figuras públicas -incluyendo intelectuales, periodistas, actores, académicos y grupos musicales- participaron. “Moda de resistencia”, lo llamó el escritor, abogado y activista Metin Yeğin, antes de apuntar la dulce ironía de usar uno de los productos del propio capitalismo como acto de resistencia.

“¡Jerséis al alcance de todo el mundo!”

Una sentencia judicial reciente decidió que la maquinaria de la fábrica debería volver a los trabajadores como compensación por sus salarios perdidos. Tras llevar las máquinas a un nuevo lugar, la producción ya está preparada para comenzar y debería ser posible arrancar en dos meses.

El lema que adoptaron los trabajadores de Kazova “¡Jerséis al alcance de todo el mundo!” atestigua contra la creencia de que esta lucha va mucho más allá del trabajo y la subsistencia de una docena de individuos. Los trabajadores son muy conscientes de la importancia del tiempo y lugar en que se desarrolla su lucha y que el resultado de esta llenará de esperanza o desilusión a miles de seguidores, camaradas, testigos y colegas.

Debido a que la lucha no está socialmente confinada ni es exclusiva de los propios trabajadores de Kazova, su alcance geográfico se expande mucho más allá de las fronteras de Turquía. Los trabajadores ya han logrado contactar en otros territorios con fábricas autónomas y cooperativas como Vio.Me[8] en Grecia y las Cooperativas Mondragón en el País Vasco con el fin de establecer conexiones solidarias; para aprender de las experiencias de otras personas y facilitar en el futuro el intercambio de los productos de su trabajo.

Los trabajadores de Kazova afirman haberse motivado e inspirado por la ola de protestas de Gezi. A día de hoy, gracias a la determinación de gestionar su futura fábrica como colectivo autónomo de trabajadores, la lucha se ha convertido en un rayo de esperanza para todas aquellas cientos de miles de personas que tomaron las calles con el fin de resistir las políticas de un gobierno cada vez más autoritario.

 La deficiente situación de los derechos laborales de Turquía 

Turquía tiene una larga tradición de supresión y restricción de derechos laborales, que ya comenzó bajo la anterior dictadura militar en los años 80 y que ha continuado bajo el gobierno del actual Partido Juticia y Desarrollo (AKP)*. Se restringen los derechos de reunión y huelga y se violan los derechos de los trabajadores de forma masiva mediante peligrosas condiciones de trabajo para la salud. Al mismo tiempo, se dejan impunes a los propietarios de las empresas, que se llenan los bolsillos mientras los trabajadores mueren.

Solo en enero murieron 82 personas[10] tras haber sufrido accidentes laborales, dos de los cuales eran niños, de 6 y 13 años respectivamente, que murieron en la calle mientras recogían basura para ayudar a sus familias. En fecha más reciente, en una horrible confirmación de las pésimas condiciones de trabajo de Turquía, unos 300 mineros murieron al incendiarse una mina de carbón en Soma[11].En marzo la mina recibió la “máxima puntuación”[12] de un inspector de trabajo del gobierno, que casualmente era el cuñado del director ejecutivo de la fábrica. De esta manera, se puso en evidencia que los altos cargos del gobierno y las principales figuras del mundo empresarial mantienen relaciones cercanas.

Según la constitución, los sindicatos tienen que representar a la mayoría de los trabajadores en el centro de trabajo, y el tres por ciento de todos los trabajadores de ese sector en concreto para convertirse en agentes de negociación (esto está por debajo del 10 por ciento antes de 2012, pero dado que la cantidad de sectores se ha reducido simultáneamente y su tamaño se ha incrementedo, el 3 por ciento de representación actual puede ser más difícil de alcanzar que el anterior 10 por ciento). Como a cualquier gobierno dirigido por principios neoliberales le gustaría, la afiliación sindical ha caído más que nunca con menos del 6 por ciento de la fuerza de trabajo organizada en sindicatos. El gobierno ha promovido activamente políticas de empleo neoliberales que excluyen beneficios, recortan asistencia sanitaria y mantenen a millones de pesronas como rehenes con convenios laborales precarios e inseguros.

El uso de subcontratas fue una de las principales razones por la que los trabajadores de la fábrica de sacos de arpillera Greif organizaron una huelga en los primeros meses del año 2014. Exigían el fin del trabajo subcontratado, que fuera devuelto a la fábrica ese trabajo, un aumento del salario mínimo legal a 978 liras turcas (unos 330 euros) y derechos sociales. Durante 90 días, los trabajadores estuvieron en huelga, ocupando la fábrica, hasta que una incursión de la policía[13] le puso fin el 10 de abril, deteniendo al menos a 91 ocupantes y a dos reporteros que cubrían la incursión. 

Una alternativa radicalmente democrática

Durante el año pasado, la victoria de AKP en las recientes elecciones municipales, la desaceleración de la economía turca y la oleada de protestas en Gezi del verano pasado (NT, el artículo original es del 29 de Mayo de 2014), solo han servido para radicalizar al gobierno de Erdogan en su lucha contra los trabajadores en general, y los sindicatos izquierdistas en particular. El gobierno recientemente intentó procesar a líderes del KESK, el sindicato turco del sector público, por falsos cargos de terrorismo. El 23 de febrero, algunos de los miembros del sindicato fueron liberados[14] tras un año en prisión, mientras que seis de sus compañeros permanecen entre rejas.

El Primero de Mayo, el centro de Estambul volvió a llenarse de nubes de gas lacrimógeno cuando miles de trabajadores, izquierdistas radicales y otros simpatizantes, intentaron entrar en la emblemática y totalmente sellada plaza de Taksim. A sólo unos días de la celebración del primer aniversario de las protestas de Gezi, las calles de Estambul y otras ciudades importantes de Turquía, sin duda se convertirán una vez más en el escenario de violentos enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad privada de AKP (esto es, la policía nacional) y manifestantes de todas las clases sociales exigiendo justicia, igualdad y el fin del gobierno de AKP.

En medio de este forcejeo continuo entre la lucha de los trabajadores por sus derechos y un gobierno que reprime de manera entusiasta a todas las voces disidentes, los obreros de Kazova han elaborado una alternativa radicalmente democrática: “¡Ocupar, Resistir, Producir!” – un grito de batalla que adoptaron del movimiento de fábricas recuperadas de Argentina. En lugar de exigir reformas legales que el gobierno es probable, de todos modos, que no vaya a cumplir, o pedir un aumento salarial a un jefe que prefiere envíar a la policía contra sus propios empleados, los obreros de Kazova han decidido resolver ellos mismos el problema. No exigir mejores salarios y condiciones de trabajo, sino tomarlos; no pedir una alternativa mejor, sino crear la suya propia; no luchar sólo por el dinero, sino por el control de los medios de producción.

“El beneficio no es nuestro objetivo,” explica Nihat Özbey, “sino más bien el intercambio de ideas, crear contactos de solidaridad revolucionaria. Si tenemos éxito, ésta será una de las primeras veces en Turquía que los obreros han ocupado su fábrica y han reiniciado con éxito la producción bajo el control de los trabajadores”. Cuando abran la nueva fábrica, sus antiguos compañeros – incluso aquellos que no participaron en la resistencia – serán bienvenidos a unirse a la cooperativa, donde todos disfrutarán del mismo salario e iguales derechos, según Ózbey.

“No nos centraremos en el pasado,” dice. Y ese es exactamente el poder y la belleza del ejemplo de Kazova. Este pequeño grupo de 11 trabajadores, a los que negaron sus legítimos derechos de subsistencia, a los que mintieron y engañaron, estafaron, juzgaron, golpearon, arrestaron, atacaron, abusaron de ellos y gasearon, nunca han mirado atrás, sino que, en cambio, se han concentrado en el futuro. A través de su negación a rendirse y su determinación a triunfar, los trabajadores de Kazova son una inspiración para todos. Su victoria final podría muy bien marcar el inicio de todo un nuevo capítulo de la resistencia en Turquía.

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